Sendas en el Margen

Un lugar de palabras…

Héctor o la desdicha


Aún no amanece, pero Héctor ya está despierto. Como cada día a esa hora, inevitablemente, envuelto entre los girones de su piel, repasa mentalmente acto tras acto. Hoy se siente más cansado que ayer, y un ligero aunque constante hilo rojo en el pecho, en la base del cuello, le advierte de lo que ya hace tiempo él sabe: las heridas ya nunca se cierran.


Recoge los nocturnos trozos de algún sueño desgastado y se levanta con dificultad comenzando el diario ritual. Asea la conciencia, apenas un algo de comer, no sea que se indisponga el cuerpo, y su traje de actor: el jubón gastado regalo de Apolo que en su primer día brillaba pulido, la herrumbrosa lanza pegada en mil trozos y su careta de maquillaje ceniciento, todo ajado de tiempo. Con ese equipaje recorre las calles vacías siguiendo a su estirada sombra que de tantos días se aprendió el camino y ahora es su negra y silenciosa guía. Cruza la muralla y, donde la tiza de Zeus dibujó su perpetua huella, se detiene y espera un día más.


Mira con ojos resignados la reseca explanada donde en breve hará aparición el bravo Aquiles con su coraza bruñida y la lanza recién afilada. También se girará a la muralla buscando en vano un algo de admiración, pero a esa hora las altas piedras aún están despertando y ya nadie llega antes del victorioso Aquiles. Sigue esperando mientras mastica el último trozo de sueño que rescató de la noche.


Ahí está, ya llega, a la hora señalada, sin alharacas, sin pasión. Viene a hacer lo suyo, como un profesional. Clavará eficaz el hierro en la carne arrancando, absorbiendo, una vez más el preciado líquido que se mueve en las azules raíces, sangre que usará, como cada día, en su particular y nocturna tragedia de rescatar a Patroclo de la muerte y llevarlo a su isla escondida.


No hay primer acto, nadie ya lo quiere. Sin dilación hierro y carne se funden, y allí queda tendido Héctor, en la misma arena sucia con los restos de botellón del día anterior, de cada día, en el que quizá hasta el propio Astianacte libase sueños prendidos en el borde de un vaso de plástico; en la misma en que Casandra olvidó su virginidad hastiada de soledad; en la tierra que día tras día todo lo absorbe. Así espera el clamor que da entrada al tercer acto; se prepara para ser nuevamente arrastrado, doblemente arrastrado. Será primero el dorado carro de Aquiles, serán después las propias miradas insatisfechas que desde la muralla apremian porque al final hay que hacer crítica de la escena.


Hubo un día en que sentía calor en aquellas miradas, pero hace tiempo de eso, tampoco será hoy. Hace tiempo que el clamor de la muralla deriva en confusión, se olvidó del guion y ahora grita por igual a vencedor y vencido. Quizá mañana tenga suerte y por fin se olviden para siempre de él. Pero le traiciona el instinto: su memoria busca consuelo en los ojos de la muralla. No tiene suerte; hace días que no tiene suerte. Andrómaca se fue con aquel hermano y ahora reina sobre tejados de ensueños en una gran urbe. Y Príamo no reclamará ni los blancos huesos, se jubiló anticipadamente de la tragedia, cansado pasa ahora los días en algún crucero entre roncos saltos y sorbos de color azul. Ni siquiera estará el origen, el centro, la idea, la mirada de Paris y de Helena; ambos se marcharon y cambiaron arco y flecha por la hierba de un pequeño adosado que crece de domingo en domingo. Hasta el mismísimo Áyax enterró su hacha una mañana y ahora es el héroe de balsámicos anuncios. No, no hay consuelo para Héctor en aquella arena, y piensa en otro día que ha perdido el tren de la mañana. Nunca adivinará que el plan urbanístico de esa explanada no incluye estación de metro alguna.


Sólo un instante más y su piel será desgarrada por la violenta caricia de la tierra. Pero no le provoca temor, sabe que no será el momento de mayor dolor, ese vendrá después, cuando solitario recorra las abandonadas calles camino a casa cargando sus propios restos, cuando encuentre su habitación chorreando oscuridad, cuando se siente ante su espejo de memoria y encienda los pequeños y ya brumosos recuerdos que rodean esa agrietada imagen. Sabe que ahí, en ese lugar e instante, cuando elimine la máscara con el sucio algodón plagado de tiempo, desprovisto de todo, sentirá el dolor intenso que va más allá de la carne. Teme ese instante, siempre teme ese instante.


Llega la noche, sólo queda el último acto. Héctor repasa en el dorso de sus manos los detalles del día. Hoy estuvo lento cuando el frío metal mordió su orgullo; debe ser cosa de la edad, deberá tenerlo en cuenta para mañana y poner más empeño. Cierra los ojos y se recuesta en su papel; seguirá interpretando la heroica tragedia día tras día hasta el último día, porque ése es su papel importante, el imprescindible, aun sin la recompensa de rescatar de la muerte a su propio sueño, sin la diluida identidad que proporciona la protección de la muralla, siquiera sin la ilusión del merecido descanso hasta la suave caricia de Eos. Seguirá día tras día; él sabe ya que no es el vencedor Aquiles o los Insatisfechos que le miran; él sabe que en el día del reparto, a él, el Gran Héctor, Homero le concedió el papel de Desdichado.

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27 agosto, 2011 - Posted by | De Texturas Inmediatas |

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