Sendas en el Margen

Un lugar de palabras…

Polvo de carbón


La niña de la carbonería tenía polvo negro en la frente, en las manos y dentro de la boca. Sacaba la lengua al trozo de espejo que colgó en el pestillo de la ventana, se miraba el paladar, y le parecía una capillita ahumada. La niña de la carbonería abría el grifo que siempre tintineaba, aunque estuviera cerrado, con una perlita tenue. El agua salía fuerte, como chascada en mil cristales contra la pila de piedra. La niña de la carbonería abría el grifo de agua los días que entraba el sol, para que el agua brillara, para que el agua se triplicase en la piedra y en el trocito de espejo. Una noche, la niña de la carbonería despertó porque oyó a la luna rozando la ventana. Saltó precipitadamente del colchón y fue a la pila donde a menudo se reflejaban las caras negras de los carboneros. Todo el cielo y toda la tierra estaban llenos, embadurnados del polvo negro que se filtra por debajo de las puertas, por los resquicios de las ventanas, mata a los pájaros y entra en las bocas tontas que se abren como capillitas ahumadas. La niña de la carbonería miró a la luna con gran envidia.

“Si yo pudiera meter las manos en la luna”, pensó. “Si yo pudiera lavarme la cara con la luna, y los dientes y los ojos”.

La niña abrió el grifo y, a medida que el agua subía, la luna bajaba, bajaba, hasta chapuzarse dentro. Entonces la niña la imitó. Estrechamente abrazada a la luna, la madrugada vio a la niña en el fondo de la tina.

Ana Mª Matute (Los niños tontos)

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14 agosto, 2012 - Posted by | De Texturas Inmediatas | , , , , , , , , ,

18 comentarios »

  1. Hostia que bueno, bueno, triste y hermoso a la vez.

    Grande la historia esta jefe, no la conocía.

    Comentario por Dessjuest | 14 agosto, 2012 | Responder

    • Hay un algo en el ser humano que le atrae hacia lo triste, que le hace considerarlo hermoso. Quizá sea esa condición de solidarizarse con el pesar ajeno, quizá esa solidaridad sólo sea reacción hacia los anhelos del alma propia si esas mismas texturas la abrazasen, o tal vez, simplemente, que la tristeza tiene una irresistible atracción para los sentidos.

      Ana María es experta en el dibujo de esa tristeza, extraordinariamente experta. Siempre me he preguntado si para reflejar con tal exactitud una sensación habría que haberla experimentado intensamente o serviría simplemente haberla contemplado, cual reconocido pintor.

      Sea de una forma u otra, este pequeño cuento junto con los otros 20 que le acompañan, dan mostrada prueba de ese profundo conocimiento.

      Los niños tontos, un libro impresionante, chorreante de las texturas más inmediatas… y a pesar de ello, como a ti te ha ocurrido, como a mí me ocurre cuando lo recorro, despierta una infinita sensación de hermosura, hasta de dulzura y amor.

      Un buen libro, mi estimado amigo.

      Comentario por Juan | 14 agosto, 2012 | Responder

  2. Esos locos bajitos…

    (por cierto, qué re-que-te-bien escriben los que escriben re-que-te-bien. Qué envidia, de la buena).

    Gracias, Juan.

    Comentario por alterfines | 14 agosto, 2012 | Responder

    • Lo siento, mi estimado amigo, estas palabras tuyas habían quedado relegadas a ese rincón de olvido que parece tomar una mayor iniciativa e independencia últimamente, ese buzón de span.

      Recuperadas sólo resta decir que la pluma de esta mujer está siempre llena de una incontenible sensibilidad. Los que escriben re-que-te-bien, no necesitan buscar las palabras, parece que son las palabras las que llegan urgentes a llenar sus papeles, urgentes y exactas.

      Un abrazo

      Comentario por Juan | 18 agosto, 2012 | Responder

  3. Lo triste y lo hermoso cuando se une crea misterio, algo que es siempre mucho mas atractivo que lo bello simplemente. Un gran libro diría yo, en realidad prácticamente todo lo que ha escrito esta mujer lo es. En especial olvidado Rey Gudu, siento fascinación por esa novela. Una autentica delicia

    Comentario por plared | 15 agosto, 2012 | Responder

    • Así opino yo, mi estimado amigo. Algo intenso se traslada a los sentidos en esos casos. Y como decía a nuestro estimado Dess, Ana María Matute tiene el don de reflejarlo con todas sus texturas. Olvidado Rey Gudú es uno de los libros más hermosos que he leído en los últimos tiempos, donde esa tristeza encarnada en la Princesa Tontina o en aquel duendecillo borracho adquiere un brillo especial.

      Es un placer tenerte en estas sendas, más aún si me dejas esos trazos de memoria en estas estancias.

      Gracias

      Comentario por Juan | 15 agosto, 2012 | Responder

  4. ¡Pero que triste por favor!! 😦

    Comentario por almaleonor | 15 agosto, 2012 | Responder

    • En mi humilde opinión, en esa brutal tristeza radica la franqueza del relato. Llega directo, a modo de impacto, tan sencillo, tan ajustado a la realidad.

      Siento te haya rozado ese impacto, mi estimada. Recibe un cálido abrazo, a cambio.

      Comentario por Juan | 16 agosto, 2012 | Responder

      • No era una crítica, es que soy muy sensible en según que cosas, y el relato ha conseguido alcanzar el punto de impacto. No tienes que sentirlo, es parte de la magia de tu bitácora. Pero el abrazo me lo quedo. ¡Gracias! 🙂

        Comentario por almaleonor | 16 agosto, 2012 | Responder

  5. Precioso el relato de Ana Mª Matute,
    Bonita la niña que se abrazó a la luna para sentirse hermosa, para sentirse limpia.
    Bonita la niña que decidió cambiar el negro del carbón por el blanco de la luna.
    Un abrazo, Juan

    Comentario por mercedesmolinero | 16 agosto, 2012 | Responder

    • Sí, triste y hermoso. Esa niña tenía un sueño… y lo consiguió.
      Un abrazo, mi muy estimada Mercedes.

      Comentario por Juan | 18 agosto, 2012 | Responder

  6. ¡Qué hermoso, Juan, qué hermoso! De niña, leía más a esta autora; de adulta, la abandoné.

    Todos deseamos en algún momento quitarnos suciedades de encima que nos afean y nos distraen de aquello que verdaderamente anhelamos. Hoy también yo necesitaría lavarme con la luna, blanquearme.

    Comentario por zambullida | 18 agosto, 2012 | Responder

    • Me complace tu visita a estos salones, por lo que de inusual tiene y por la calidez que dejan. Todo un placer recibirte. Y de esa niña y sus trazos acumulados en días… pues eso, que a veces pesan, como el barro en los zapatos impiden caminar, y hay que lavarse, aunque en las aguas resultantes pueda quedar tanto.

      Espero que esa blancura de la luna que buscas también encuentres un algo de levedad.

      “Cuando sale la luna
      se pierden las campanas
      y aparecen las sendas
      impenetrables.

      Cuando sale la luna,
      el mar cubre la tierra
      y el corazón se siente
      isla en el infinito.”

      Un abrazo

      Comentario por Juan | 18 agosto, 2012 | Responder

  7. Hola Juan, qué textos más bonitos escoges para tus sendas! La tristeza y la sobriedad del cuento, aparte de la fuerza de las imágenes carbón, pila, sol en el agua, luna, abrazo… se notan un rato después de leerlo. Me recuerda un poco al cuento popular de la vendedora de cerillas, por el final, por lo angosta que puede ser la existencia de un niño (y cómo duele conocerlo!).
    Un abrazo

    Comentario por pgatina | 19 agosto, 2012 | Responder

    • Viniendo de ti es todo un halago lo de la imagen, más aún cuando tanto trabajo me costó imaginar y después constriur aquello que buscaba. Yo no manejo pinceles, no me fue concedido ese arte, pero se puede construir de otras formas. Gracias, mi estimada amiga.

      Y no conozco ese cuento. Igual me lo puedes compartir 🙂 .

      La vida, a veces, muchas veces, es angosta. Es un adjetivo exacto, tan constreñida, tan escasa en aire. En un niño es un algo más, un algo terrible y desproporcionado, sobrevenido y temprano. Duele.

      Un beso

      Comentario por Juan | 20 agosto, 2012 | Responder

      • Lo he buscado, el cuento se llama La cerillera y es de Hans Christian Andersen, supongo que basado en un cuento popular de tradición oral. La trama la puedes leer en: http://es.wikipedia.org/wiki/La_peque%C3%B1a_cerillera , y no sé con cuanta fidelidad, viene completo abajo de esta pagina: http://www.manosalarte.com/lacerillera.html .
        El adjetivo angosto, lo has pillado al vuelo, me salió muy exacto, y sí, cuánto duele saber que la realidad de los niños puede estar torcida y ser tan claustrofóbica! Cuando tienes uno propio y compruebas lo vulnerables que son, y lo fácil que es marcarlos incluso sin mala intención, duele incluso más, porque los adultos que de ahí salgan tienen una herida del alma que les distorsionará el resto de su existencia – y vete tú a saber si no repetirán con sus propios hijos lo que hicieron con ellos, a menos que con paciencia y amor saquen el tesoro de empatía y emoción que esconde una cicatriz como esa.
        Y no, no hace falta manejar bien los pinceles para tener sensibilidad. Tiene mérito que te atrevas a construir imágenes propias adaptadas a cada escrito…

        Comentario por pgatina | 20 agosto, 2012 | Responder

  8. Hermoso!! 🙂

    Comentario por El perfume de mujer | 16 octubre, 2012 | Responder


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