Sendas en el Margen

Un lugar de palabras…

Un pequeño cuartito

Se cuenta que en un remoto y deshabitado lugar, vivía un hombre que un día descubrió una grieta en su corazón. Nuestro preocupado amigo no sabía cómo podía haberle ocurrido algo así, a él, que hacía tiempo se había olvidado de tan inútil órgano dado su incierto uso. Acostumbrado a prescindir de él, pensaba que tanto calor y luz allí adentro no podía ser cosa buena, algo se lo decía desde sus recuerdos, y que debía encontrar una rápida solución para resolver aquel extraño inconveniente.

Nuestro hombre gustaba de entretener sus artes manuales con cualquier asunto que le consumiese los tiempos. Así pues, con todo su empeño, armado de sus artes y de los escasos materiales que en tan remoto lugar consiguió reunir, a esa tarea se encomendó. Recomponer su maltrecho corazón.

Lo primero era el análisis de situación, así que al corazón se dirigió, y no sin cierto temor tras sus prolongados tiempos de ausencia de aquellos espacios. Cuando entró en él, se encontró en una estancia olvidada, apenas una vaguedad de la memoria, pequeña, como un destartalado cuartito, pensó. La luz entraba sin permiso y sin perdón, revelando la escasez de acomodo y las grises capas de tiempo acumulado. Lo primero, se dijo, reparar esta grieta, tanta luz hace daño.

Con el problema ya algo más claro, la primera urgencia eran los materiales necesarios para realizar la tarea. Así, buscó y rebuscó entre sus pobres haberes hasta que poco a poco fue reuniendo todo lo que consideró adecuado para su importante obra. Entre aquellas cosas de sus días encontró un colmado saco de tristeza, un buen balde a rebosar de lágrimas, algunas pasiones que aún sobrevivían en su propio calor, una pequeña cajita de ilusiones y esperanzas y, sobre todo, mucho dolor. Pensó que aquello era más que suficiente para acometer su proyecto.

Con el colmado saco de tristeza y parte del balde de lágrimas elaboró tan espesa argamasa que hasta él quedó sorprendido de la solidez conseguida, de cómo aquella masa se agarraba a las paredes de la maltrecha carne impidiendo la entrada de la hiriente luz. No obstante, nuestro hombre, que era persona precavida y gustaba de resolver bien sus asuntos, decidió que sería acertado reforzar todas las paredes desde el interior, no fuese que aquello de la grieta se repitiese. Con el fuego de sus pasiones abrasó la ya oscura pared, que gris y dura quedó, como la piedra que sin duda en el futuro debería ser. No contento aún, después varias capas de duro dolor le dio para impermeabilizarlo y garantizar un duradero acabado, y todo el que sobró lo guardó por si el tiempo reclamaba algún nuevo apaño. Para acabar, y pensando que quizás quedaría bien algún matiz de ligero color, con las lágrimas restantes y la cajita de ilusiones y esperanzas una pintura fabricó, diluida y escasa, y que apenas le llegó, tanta era la sed que parecía tener aquella piedra.

El resultado fue asombroso. Al menos eso pensaba nuestro hombre, que orgulloso de su labor se preguntaba si no merecería la pena decorar un poco aquella pequeña estancia, quizá hasta pudiese utilizarla en días por venir.

Volvió a buscar entre sus enseres, quizá pudiese reaprovechar alguna de aquellas cosas que atesoraba. Conforme iba separando algunas de ellas, una sonrisa se dibujaba en su rostro, no sabemos si por la memoria que alimentaban aquellos objetos o por la satisfacción de encontrarles de nuevo utilidad. Esta vez eligió una buena caja de besos y suaves caricias sin usar, un puñadito de deseos, su álbum de miradas, un diario de coloridas palabras, algo de sólida ingenuidad, una telita de calidez, y montones de amor. ¿De dónde habría salido tanto amor?, se preguntaba. Ya casi se disponía a continuar su trabajo cuando encontró algo insólito, un pequeñito trozo de alegría. ¿De dónde habría salido?, no lo recordaba.

Con todas estas cosas se decidió primero por fabricar un cómodo silloncito, para ello la caja de besos y suaves caricias sería ideal. Lo pondría en el rinconcito del fondo que parecía el más cálido, y añadiría un ramillete de deseos para que resultase más acogedor, su rinconcito de sueños. Era una pena que los deseos estuviesen cerrados, nunca habían florecido. Quizá si los regaba con alguna de las lágrimas que aún sobraban puede que alguno abriese. Sí, quizás después probaría. ¿Cómo será la flor de un deseo? ¿Azul? A nuestro hombre siempre le había gustado el azul.

Acto seguido, desarmó el álbum de miradas conseguidas y conformó un mosaico con ellas, hasta la última, y con el trocito de alegría lo pulió una y otra vez hasta que el trocito se agotó. El resultado fue un extraordinario espejo de color miel que colgó en la pared frente a la puerta. Se extrañó, pues en algo parecía se había equivocado, el espejo lo reflejaba todo menos a él, ¿por qué? Pensó que más tarde debería repararlo, aunque no sabía cómo.

Animado por los resultados, tejió una tupida alfombra con todas las palabras de su diario. Blancas, rojas, azules y verdes, ninguna de ellas era negra. Muchas tenía y todas las empleó para que resultase acogedora. El resultado le emocionó, pues cuando en ella se dejaba caer, alguna de esas palabras, las más libres y leves, se soltaban en una suerte de suaves notas que se colgaban del aire. Tras colocarla a los pies del silloncito, y para alegrar el rinconcito, hizo una pequeña lámpara de dorada y tenue luz alimentada con amor, para las noches. Pensó que con tanto amor como le sobraba no tendría problema, seguro duraría más que el propio sol.

Y así llegó a su obra más preciada, de sólida ingenuidad el cuerpo, la telita de calidez en su interior y con algunas lágrimas sobrantes para guarnecerlo, un joyerito, pequeño pero hermoso, pensó. Dentro guardó sus cosas más preciadas, las que siempre llevaba en sus bolsillos. Un joyerito sin joyas pero lleno de tesoros. Se le escapó otra sonrisa.

Y así, añadiendo aquí y allá algún verso de algún tiempo, unas canciones prendidas en la memoria, una guitarra que había perdido la voz, sus libros para el rincón de ensueño y hasta lápiz y papel de algodón, nuestro hombre dio por concluida la tarea, su corazón ya estaba reparado. Y hasta tenía un nuevo uso, un espacio sólo para él, su pequeño cuartito lo llamó, un lugar para vivir.

Cuando un caminante vaga por aquellos lugares remotos y deshabitados nada encuentra, ninguna señal de nuestro hombre, lo que siempre ha arrojado serias dudas en relación a la veracidad de esta historia. Sin embargo, cuentan los viejos del lugar que hay algunos de esos caminantes que al pasar la noche al abrigo de una roca gris, creyeron sentir, más que oír, unas notas sostenidas en el aire que parecían venir del interior de la roca. Pero al comprobar la roca en la mañana vieron que era sólo eso, una sólida roca gris.


Moraleja:

Más allá de su valor literario, dudoso en este caso, es obligación de todo cuento que se precie, dejarnos una moraleja. La de éste es imprecisa sin embargo, y sólo el lector podrá adivinarla buscando en sus enseres, en sus tesoros más preciados. Quizá así, el propio lector hasta pueda aventurar una nueva forma del cuento, e incluso aportar datos en relación a la veracidad del mismo.

23 marzo, 2013 Posted by | De Texturas Inmediatas | , , , , , , , , , , , , , , , , | 18 comentarios