Sendas en el Margen

Un lugar de palabras…

Pandora o la levedad

Es en Otoño cuando con mayor claridad puede apreciarse. Y si los hombres no estuviesen encadenados a los sufrimientos que con tanto esfuerzo arrastran, y si pudiesen elevar la mirada por un solo instante, allí la verían. Con sus ropajes de fría y leve brisa, apenas posada en una rama, arrebatándole sus hojas que como gotas caen y se deshacen, mientras ella, ajena siempre, eleva su vuelo sin dejar más rastro que lo que pareciese la natural tragedia del tiempo.

Pandora nació del fuego, ajena a él; ajena a tantas cosas, nació del fuego. Fue Prometeo, quien al robar ese fuego que los dioses hurtaban a los humanos, urdió los designios del sufrimiento de los hombres.

Pocos ya recuerdan como el dispuesto e incansable Hefesto cumplió el malhadado mandato, y de simple barro modeló la figura. Y pareciéndole hermosa pero incompleta, a cada uno de los dioses pidió derramasen sus gracias sobre ella.

Insuflada de las gracias concedidas, Pandora siempre ha mirado al mundo como a un regalo más puesto a sus pies por esos mismos dioses, un mundo de tesoros donde todo le pertenece y le basta extender su delicada mano para arrebatarlos de sus lugares y convertirlos en el fugaz motivo de sus entretenimientos. Incluso aquel ánfora prohibida, regalo del mismísimo Zeus, no significó más que otro juguete para saciar su curiosidad apenas por un instante.

Que distinto habría sido el destino de los hombres si la tarea de velar por esa prohibición hubiese sido encomendada al poderoso Prometeo, pero estaba encadenado en las heladas cumbres del mundo. Fue el débil y descuidado Epimeteo quien la asumió y, lleno de recuerdos que debían acrecentar el conocimiento de los hombres, pronto se volcó en sus enseñanzas desatendiendo el cuidado del ánfora.

En esa madrugada de los tiempos, los hombres casi nada sabían. Aún hoy no lo saben. Siguen viviendo el sueño de unos dioses ya perdidos, como niños enredados en sus simples juegos, ignorantes de los hilos de un destino escrito con fuego. Nada saben de la levedad de Pandora, del tupido y sensual velo de mentiras urdido en la soledad de sus días. Porque Pandora, por encima de cualquier otro acto, miente, y en la huida urde su propia justificación.

Dicen que en el preciso instante en que Pandora levantó la tapa del ánfora, una profunda obscuridad nació de su interior cubriendo toda la tierra mientras los hombres caían de rodillas paralizados, como si un enorme peso se hubiese asentado en sus hombros infligiendo tal dolor que un grito grande y unánime recorrió los rincones del mundo.

Pero, una vez más, Pandora fue ajena a todo aquel horror. Se limitó a cerrar el ánfora, como sigue haciendo cada noche cuando la oscuridad nace. Sí, Pandora abandonó para siempre un mundo de dioses que no aplacaba su grande hastío, y se mezcló entre los mortales con su eterno disfraz de brisa y su velo de mentiras, y entre todos ellos, la única que no arrastra sufrimientos.

A veces se despoja de su disfraz y puede vérsela en la forma en que se la concibió; de una feminidad y hermosura como sólo las ágiles y habilidosas manos de su creador alguna vez pudieron engendrar. Es entonces cuando más dolor siembra, porque Pandora sólo está interesada en su propio deleite, y gusta de tomar de los hombres aquello que más atesoran, el fuego que les arde en su interior y que nace de la fábrica de sus esperanzas. Arrancada, esa llamita necesita alimentarse de una mirada limpia y verdadera pero, posada en el cuenco de la mano de Pandora, sólo encuentra unos ojos vacíos que se divierten con la agonizante danza hasta que, en su última derrotada y agónica espiral, se consume en fugaz y fúnebre velo apenas sueño de lo que ese fuego deseó haber sido.

Concluida la tragedia, y siempre ajena al devenir del hombre ya deshabitado de esperanza, desinteresada, Pandora alza de nuevo su vuelo en búsqueda de otro fugaz tesoro con el que calmar su insaciable tedio.

Y así sigue y seguirá, en su eterno e indolente juego, ajena a los males y el pesar de los hombres. Es en la tarde de Otoño cuando el fatigado caminante mejor puede verla, apenas posada en una frágil rama mientras abre el ánfora, rebusca en su interior por un instante e, indiferente, vuelve a cerrarla huyendo un día más, dejando tras de sí sólo lo que pareciese la natural tragedia del tiempo.

Porque, entre ser la diosa Pandora o vivir en la levedad de una eternidad sin recuerdos ni huellas, Pandora ya eligió en el amanecer de los tiempos.

“Quiso cantar, cantar
Para olvidar
Su vida verdadera de mentiras
Y recordar
Su mentirosa vida de verdades.”

Octavio Paz


30 enero, 2021 Posted by | Los Cuentos del Mar | , , , , , , , | Deja un comentario