Sendas en el Margen

Un lugar de palabras…

Es silencio


Jardín de fresas
silencio
campo grande campo oscuro
grande y oscuro
de estrellas derribadas cielo negro
abrazo de luna
de luna desierta

Leves y rojas allí se pudren
del verbo sus dos sílabas
bajo capas de ingenuo olvido
aún temblando
en cama de alas muertas

En mi pecho no hay ola
ni en mis manos más certeza
no se encienda llama más intensa
que de ese verbo su palabra abierta

Sobre la piedra grabada y fría
lluvia de ojos
sueños resbalando ojos
tiempo roto en ojos
donde el muñeco tonto sembró sus versos
y aún se sostiene la estúpida sonrisa
Allí se descuelgan mis notas de agua
secas de mar ido
yermas de sol caído
pródigas sólo en memoria quieta

En el rincón de noche lenta
un fuego desespera
fatuo el latido
desvaída su silueta
se aferra al cóncavo latido
con las uñas de razones ciertas

No lo sabe el fuego
es silencio un jardín de fresas
campo grande campo oscuro
grande y oscuro
campo santo de las noches muertas


30 noviembre, 2012 Posted by | De Texturas Inmediatas | , , , , , , , , , , , | 23 comentarios

Nada


Miré a la gente durmiendo de día
amándose de día
Amar con los ojos abiertos de luz
con las manos abiertas de luz
espantando al viento helado
promesa sólo de insomnio reposando en el tejado
En la noche sólo hay calzados rotos
y los corazones se secan

Reaviva la luna los reflejos tardíos
las olas que nunca mueren
porque ningún muro ya las desarma
Duras Ásperas Incesantes
golpean la vaguedad del vuelo errante
En su cuerpo informe esperan las piedras del tiempo
ávidas por desgastar sus vértices
pacientes espinas ayer huidas de mil mariposas

Sólo se vive viviendo el día
morando en el mapa del tesoro
en la roja y temblorosa cruz
donde el sol nunca inventa bajo el barro
Pues es definitivo
los fríos gnomos nacen allá abajo
donde el péndulo que mueve el mundo
es un corazón ahorcado

Es nada la luna
y la noche camino del origen desconocido
sólo con flores rojas en la espalda
y mariposas rotas en los párpados


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Sorrow – Pink Floyd

21 octubre, 2012 Posted by | De Texturas Inmediatas | , , , , , , , , , , , , , , | 20 comentarios

Polvo de carbón

La niña de la carbonería tenía polvo negro en la frente, en las manos y dentro de la boca. Sacaba la lengua al trozo de espejo que colgó en el pestillo de la ventana, se miraba el paladar, y le parecía una capillita ahumada. La niña de la carbonería abría el grifo que siempre tintineaba, aunque estuviera cerrado, con una perlita tenue. El agua salía fuerte, como chascada en mil cristales contra la pila de piedra. La niña de la carbonería abría el grifo de agua los días que entraba el sol, para que el agua brillara, para que el agua se triplicase en la piedra y en el trocito de espejo. Una noche, la niña de la carbonería despertó porque oyó a la luna rozando la ventana. Saltó precipitadamente del colchón y fue a la pila donde a menudo se reflejaban las caras negras de los carboneros. Todo el cielo y toda la tierra estaban llenos, embadurnados del polvo negro que se filtra por debajo de las puertas, por los resquicios de las ventanas, mata a los pájaros y entra en las bocas tontas que se abren como capillitas ahumadas. La niña de la carbonería miró a la luna con gran envidia.

“Si yo pudiera meter las manos en la luna”, pensó. “Si yo pudiera lavarme la cara con la luna, y los dientes y los ojos”.

La niña abrió el grifo y, a medida que el agua subía, la luna bajaba, bajaba, hasta chapuzarse dentro. Entonces la niña la imitó. Estrechamente abrazada a la luna, la madrugada vio a la niña en el fondo de la tina.

Ana Mª Matute (Los niños tontos)

14 agosto, 2012 Posted by | De Texturas Inmediatas | , , , , , , , , , | 18 comentarios

Phaethon o la noche

No puede verlo, no puede sentirlo ni vivirlo, Phaethon ya perdió los dones que la luz otorga a la piel; Phaethon muere en una noche interminable.

Otrora fue uno de los hijos del sol, un espíritu inquieto, lleno del vigor que sólo la luz del sol, sólo el vivir de día, puede brindar. No era extraño en aquellos días verlo susurrar y acariciar a las nubes por el simple deleite de crear mil arcoíris que su amigo Cicno llenaba de plumas de cisne arrancadas de sus propias alas. Aquellas plumas, animadas por el poder de Phaethon, se tornaban en un ejército de mariposas que adornaban las ramas de sus alisadas hermanas mientras bailaban al son de la suave brisa.

En aquellos días el cielo era azul, y los alisos verdes y las mariposas doradas, y el mundo era hermoso a la vista de los hombres, y Phaethon brillaba de felicidad casi tanto como su padre el sol.

Ocurrió un día que Phaethon, incansable en sus sueños de luz, quiso volar más alto que las nubes y quiso ordenar los caminos que su padre estableciese para el poderoso fanal dorado. Tan alto voló que al fin alcanzó las riendas del ardiente carro celeste, y tan seguro estaba de sus artes que ordenó los caminos a su antojo, y el carro que dirigía la luz del día nuevos rumbos tomó.

Pero Phaethon era joven, el ímpetu de su espíritu estaba lleno de día y la noche apenas se dibujaba en su imaginación como lejana pesadilla. Así fue que, tentado por mostrar su felicidad al mundo, a veces volaba bajo, y parte de ese mundo quedó abrasado por el intenso fuego. Cuando Phaethon intentaba controlar aquellas riendas trenzadas de antigüedad, ocurría que demasiado alto volaba, y el calor se perdía en la distancia dejando al mundo cubierto por una capa de blanca y suave nostalgia que todo lo marchitaba.

Grande fue el enfado de Helios, quien desde los albores del mundo había mimado la luz y el calor sobre la tierra para que la vida fuese el día, para que se viviese de día. Había quedado esa tierra plagada de heridas que sangraban los erráticos vuelos del hijo; desiertos inmensos donde ni la más leve brizna de verde hierba crecía; eternos y silenciosos hielos que nunca podrían ser derretidos; hermanos que la piel distanció entre las diversas tonalidades que surgen de la más poderosa luz y la más intensa de las sombras.

Exigieron los dioses un castigo para Phaethon, y dura fue la penitencia que Helios debió imponerle. Fue Phaethon condenado a alejarse de la luz del sol, a vivir la intensa sombra de la noche hasta que las heridas de la tierra desapareciesen.

Pero ocurre que los dioses son de memoria leve, y sus esfuerzos por curar las heridas del mundo caen frecuentemente en el olvido. Fuese por eso, o porque el mundo se acostumbró a sus heridas, o simplemente porque los dioses hace tiempo se olvidaron de los hombres, Pheathon sigue aún hoy vagando su castigo.

Hay quien dice que si se busca en las orillas más oscuras de la noche puede vérsele caminando sobre las huellas de la luna, la eterna elipse que conduce al día. Pero esa puerta está vedada para Phaethon hasta que los dioses regresen algún día. A veces, agitado por su voraz pena, atraviesa veloz el corazón de Orión, o se sienta junto a Andrómeda a vaciar sus lágrimas que aún siguen siendo de fuego blanco. Otras, siempre solo, vaga los desolados mares de la luna desenterrando los sueños que quedaron allí olvidados.

Phaethon no puede verlo, no puede sentirlo ni vivirlo, Phaethon perdió los dones que la luz a la piel otorga; Phaethon muere en una noche interminable. Solo, se mira en esos sueños rotos, y contempla su rostro ajado de soledad y de silencios. Su mirada muere cada noche en la eterna elipse que conduce a la mañana mientras sus lágrimas gritan su destino, o la noche de Phaethon… o los sueños rotos enterrados en la luna.

Nadie comprende nuestros signos y gestos de largas raíces
Nadie comprende la paloma encerrada en nuestras palabras
Paloma de nube y de noche
De nube en nube y de noche en noche
Esperamos en la puerta el regreso de un suspiro

Vicente Huidobro


1 abril, 2012 Posted by | Los Cuentos del Mar | , , , , , , , , , , , , , , , , | 15 comentarios

Oscuro (Hoy no llorará la luna)


Derrotadas se alargan las calles
Se entumecen con el sueño continuo
Abandonadas a la oscura sombra
Hasta la nada es incierta en este aire

Alguien enciende un cigarrillo
Que replica la memoria idéntica
Las sombras de las sombras
Tanto

En nada se ajusta ese disfraz bufón
Colgado de la elocuente sonrisa
No hay estrellas en el fondo
Como en el tonto muñeco de la mañana
Y su flor atenazada en el tiempo
Sólo vive el ruidoso silencio del vacío

Atrás quedaron aquellas líneas
Vestidas de libertad y de palabra
Espejos oxidados del intento
Por aprender la felicidad
Tanto

Se suceden los metálicos pozos
Que las huellas no alcanzan
Guardan los ecos perdidos en la lluvia
Arrastrados al abrazo del oscuro

La mirada en el vértice suplica
Pero hoy no llorará la luna



Al desplegar las alas
El mismo no sabía qué vuelo era su vuelo

¿Quién es el extranjero? ¿Reconocéis su andar?
Es el que vuelve con un sabor de eternidad en la garganta
Con un olor de olvido en los cabellos
Con un sonar de venas misteriosas
Es este que está llorando el universo

(Vicente Huidobro)


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Comfortably Numb – Pink Floyd

17 marzo, 2012 Posted by | De Texturas Inmediatas | , , , , , , , , , , , , , , | 10 comentarios

Las lágrimas de la luna

En las noches de plateada luz, cuando las hogueras crepitan y las palabras se hacen de aire, cuentan los viejos de aquellas duras tierra que la luna, una vez, tuvo un amor.

En realidad no fue un amor, fue su único y gran amor. Cantan que cuando se abrazaban, en forma de luz se derramaba ese abrazo sobre la tierra, y los mares eran de plata, y los ríos eran de plata, y las jóvenes aguas que bajaban las montañas saltaban felices como diamantes que encerrasen el rostro feliz y brillante de la luna. Cuentan que jamás hubo tiempos más hermosos recorriendo la tierra.

Pero ese gran amor se perdió.


Quedó la luna profundamente desconsolada, solitaria y triste, como hoy la vemos. Y se refugió en la noche. Con sus innumerables lágrimas tejió un manto que le arrancara el frío que vino a habitarle el alma, pero ese frío es tan insondable como el tiempo, y nunca desapareció, más aun, en compañero eterno de su andar se convirtió.

Aconteció entonces que, igual que en los hermosos tiempos la tierra recibía el brillo de aquellos abrazos, también fue fiel receptora de esa tristeza y de su frío. Y las noches se llenaron de un manto blanco de nostalgia sedosa, de quietud infinita. Tal era la pena reinante que por todos los rincones los amores se marchitaban hambrientos de brillo, del cálido latido de un tiempo desaparecido.

Desesperaban esos amores buscando consuelo a sus pesares, y por alguna razón, o por la sinrazón que sólo el corazón desesperado entiende, volvían sus ojos a la luna, le cantaban sus males y en numerosas lágrimas le envolvían sus deseos. De todos es conocido que de las lágrimas el salado líquido sólo es húmedo residuo, sólo envoltorio, vehículo necesario para que el deseo que con fuego lo habita pueda abandonar el alma. Así, las lágrimas no caen al suelo, ahí sólo se derrama lo que de materia está hecho. Pero lo que inmaterial es, lo inasible y vivo, el fuego, vuela y busca las plateadas manos de la luna, destino que le fue conferido en su urgente creación por el alma desconsolada.

Pero la luna ya va cargada de su propio pesar, arropada por su manto de damas frías, y decidió desde aquel entonces su soledad. También decidió que ese pesar era tan grande que ningún otro podría nunca abrazar. Así, olvidóse de ellos hace tiempo, y desde ese entonces una fría máscara les muestra, la misma cada noche, mientras la otra, la verdadera, en la ilimitada oscuridad fabrica sus propias y amargas lágrimas.

Es por eso que todos los deseos de los amantes se reflejan en la luna, y ninguno de ellos, en su frenético e iluso vuelo, tan triste rostro alcanza. Sólo lo rozan, para quedar en una gota congelados y vagar sin consuelo por el oscuro palio su destino de tristeza. A veces, por algún desconocido y extraño sortilegio, alguno de esos deseos se encuentra con una lágrima que se escapa de la luna. Ocurre pocas veces, pero entonces se convierte en hecho extraordinario, pues alimentada de inusitado fuego, esa lágrima cobra el brillo que una vez fue, y se consume en fugaz línea de luz sobre la tierra.

Crepita la esperanza en las hogueras de la noche. Entre todos los sabios del lugar, hay uno, el más viejo, el de mirada más lejana, uno que cuando ya todos inclinan la cabeza enterrándola en las brumas del desconsuelo, hablándole fijamente a las anaranjadas lenguas del fuego, en apenas un susurro dice:

Viejo.- Luna, luna… Ayer te vi, y la luz de la mañana ya avanzaba mientras mi alargada sombra la perseguía. ¿En qué andabas a esa hora en que el día lucía su temprano latido? ¿Será tal vez que hasta tú sientes la luz de la esperanza?

Sabias son las palabras de ese viejo ausente, que en sus días también hondo amor vivió. Y digo sabias porque es cierto que algunos extraños días puede verse a la luna sin su frío manto constelado recorriendo las sendas de la mañana. Y es porque su gran amor no es otro que el sol, y aún lo sigue siendo. Y en esas sendas, en un algo dormido en el frío que la habita, aún espera, tímida. Casi transparente, ella espera. Y sus brazos, por un imperceptible instante, vuelven a unirse, a derramarse sobre la tierra como esperanza renacida a esa hora temprana del alba.

Sigue hablando ese viejo desde su memoria alargada, saca de ella lo que también una vez fue. Bien sabe él que ése es el instante, que en ese rostro transparente y diluido la fría careta se esfuma y que ella ríe como ayer. Y en ese instante, si un deseo se acerca a sus plateados brazos ella lo acoge como a un desvalido infante en un abrazo de cálida luz. Son esos los deseos que nunca se apagan, los que están vivos y le dan su verdadero brillo a la luna, los que se alimentan de la luz del sol y habitan en ella. Y es por eso que a pesar de su pena y de la oscura noche la luna brilla, y vive de los tiempos en que el amor aún puede ser.

La noche avanza con su frío estrellado. El fuego se consume en sus últimas caricias verticales y todos se preparan para dormir evitando los falsos ojos de la luna. Nuestro viejo sabio, siempre la mirada en otros días, se pone en pie iniciando el camino a un mundo de memoria arraigada.

Moraleja:
Si valor le das a tus deseos, no busques en la noche, busca que descansen en los brazos de una mirada brillante en la temprana mañana.

27 febrero, 2012 Posted by | Los Cuentos del Mar | , , , , , , , , , , , , , | 20 comentarios