Sendas en el Margen

Un lugar de palabras…

El niño tonto

Versión reeditada con la inestimable colaboración de la genial artista madrileña, y extraordinaria amiga, Olga Pérez (pintura, ilustración y grabado). Con mi agradecimiento por tan exacta ilustración.


El niño tonto nació despacio; no quería nacer, no quería desprenderse de aquel calor blando y suave que le envolvía. La primera luz le hizo una honda herida. Pero cuando su madre lo abrazó desesperadamente –su madre siempre le abrazaba desesperadamente- el niño tonto sintió aquel calor grande y esponjoso de antes de nacer. Al niño tonto, sobre todas las cosas, le gustaban los abrazos de su madre.

Aquellos niños que reían de forma extraña, aquellos niños que no reían con la misma risa larga y transparente de su madre, decían que no tenía luces. El niño tonto creció, lentamente, pensando que no tenía luces.

Cuando corría por los campos -porque el niño tonto siempre iba corriendo- miraba hacia arriba a las imponentes torres eléctricas; alguien le había dicho alguna vez que aquellos gigantes de poderosos brazos extendidos llevaban la luz. Y corría y corría, con sus pequeños y flacos brazos extendidos portando sendos palos de escoba y gritando: “¡fhisss, fhisss, fhisss!… tengo la luz en mis manos… tengo luces en mis brazos…”

Y así, lentamente, el niño tonto crecía entre los desesperados abrazos de su madre y las extrañas risas de aquellos extraños niños.

Un día, jugando a correr bajo uno de aquellos poderosos hombres de hierro, se quedó parado, fija la mirada en las alturas. Muy despacio, el niño tonto comenzó a escalar por las metálicas piernas del hombre de hierro, por su cintura, por su pecho. Se deslizó por su brazo, hasta llegar a la mano. Allí, en un fugaz abrazo, por fin el niño tonto se lleno de todas las luces del universo.

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5 octubre, 2014 Posted by | De Texturas Inmediatas | , , , , , , , , , | 2 comentarios

Unos zapatos nuevos

Se levantó muy temprano, tenía algo importante que hacer. El traje es negro, nuevo; lo compró pensando que a ella le gustaría. Nuevos son también sus zapatos, estaba cansado de las embarradas y frías botas de los últimos tiempos; relucen, y piensa que también a ella le gustarían. Ha elegido una camisa azul y una corbata gris-azulada; en otras veces de su memoria fueron afortunadas prendas.

El día recupera cosas atrasadas por un tiempo blanco y grande, pero tiene algo muy importante que hacer y todo lo demás sólo le ronda como un viento incómodo y ajeno. Nervioso, todo lo relega por fin y sale a buscar un libro. Es ese algo muy importante. Tiene que elegir bien, debe elegir bien. Muchos clásicos le pasean por la textura más amable de la memoria, uno en especial. Querría que fuese ése, pero ahora ya sabe que ella no lo entendería, que no querría entenderlo. Quizá unos versos, o unos cuentos de la radio si hubiese un nuevo volumen… Ya se ha decidido, unos cuentos para los sentidos, un paseo por las alegres suavidades del alma.

Se sienta en su banco de siempre, el de la hora de no comer, donde siempre sueña con construir, donde sueña con un jardín de tiempo enredándose entre sus pies. Las manos le tiemblan, como siempre que quiere dejarle un beso. Ensaya las palabras, no desea ninguna esquina imperfecta, oscura, en el regalo… tanto en un regalo. Se para y lo piensa, siempre es tanto. Esa mirada al fuego le tranquiliza; sí, puede hacerlo bien, sabe que puede hacerlo bien.

No ha dejado de pensar en ella ni un sólo día en ese invierno de nieves pesadas y oscuras; ese sentimiento de pérdida irreparable le consume. ¿Qué será de ella? ¿Cuáles sus caminos? ¿Qué haré sin ella? ¿Cómo puede perderse tanto? La pérdida, la pena, la pérdida, la pena… el dolor en el pecho… la danza de sus manos, el mar de sus labios, la música de su pecho… No, no… Vuelve a mirarse adentro y ve la luz de ese fuego. Otra vez tanto. No, no es irreparable. Sí, sabe que tiene que intentarlo, puede hacerlo bien, sabe que puede hacerlo bien… El tiempo, ese extraño inmóvil, ahora corre. No debe llegar de nuevo tarde, sabe que puede hacerlo bien… tanto en un regalo.

Le abruma la idea de que seguirán las dudas revoloteándola, anidando en sus miedos. Ella los seguirá alimentando. Lo decía aquel libro que pasearon junto a la triunfante y juguetona corriente: creamos las dudas porque navegar nos abruma, porque nos inquieta el mar que no vemos. Lo decía ese libro. No prestamos atención en aquella tarde casi huida, pero, sí, lo decía aquel libro; lo recuerda con exacta memoria.

Piensa que debió haberse dado cuenta aquel día. Debió entender que unos zapatos nuevos no servirían, no serían suficientes para recorrer las sendas que con tanto amor inventaron. ¡Y pensar que los había comprado porque eran la excusa perfecta para iniciar ese camino! ¡Qué ingenuidad! Finalmente son esas huellas las que forjaron la distancia, el sonido de sus propios pasos los que alentaron el silencio.

Una sombra de pesadumbre le obliga a inclinar la cabeza. Sí, sabe que seguirá alimentando a sus miedos. Vuelven esas palabras. La pérdida, la duda, la pérdida, la duda, la pérdida, la duda del corazón… sus manos, sus ojos…la música de su pecho.

Por un instante sin tiempo la mirada sigue fija en el brillo de esos inútiles zapatos. Diecisiete antiguas palabras se despiertan en su mente como un puñal hermoso, hermosamente frío. Levedad, todo un universo de levedad en la brisa. Es su esencia no detenerse, moriría. Sólo se entretiene un instante, regala generosamente su tibieza apagando un algo de su propio fuego, y cuando ve los zapatos nuevos, huye, huye la brisa dejando su eco de silencio. Y la duda se despeja. A cambio, persiste la pérdida. Siente cómo le agrede, cómo su esencia se torna física. Es de piedra, de piedra inerte memoria del edificio demolido. ¿Puede la brisa demoler un edificio? No, pero si puede el edifico demolerse a sí mismo por el rítmico e hipnótico efecto de la brisa. Concluye que es pura física, como la pérdida.

En realidad ya no le importa esa ruina. Con un esforzado gesto, como si toda la vida colgase de sus brazos, los eleva lentamente hasta que las dos manos se unen. Allí, en el espacio cóncavo puede verlo, nunca deja de sentir su calor. Allí, el fuego que se alimenta de mirada se estremece mostrándole la exactitud de lo que realmente importa, de la necesidad más esencial, más urgente. Retorna a las líneas de aquel mismo libro: la necesidad sólo es efecto, la causa un poderoso fuego.

Si le dejase abrazarla una vez más… Sacaría el libro importante y una cajita de sonrisas de otros tiempos cortos que guarda con mucho celo. Está seguro de que ella entonces miraría el fuego y despejaría sus dudas leyendo un cuento para los sentidos donde el tiempo más amable muestra su sonrisa en el brillo de unos zapatos nuevos. Sí, puede hacerlo bien, él sabe que puede hacerlo bien…

27 abril, 2014 Posted by | De Texturas Inmediatas | , , , , , , , , | 5 comentarios

Un sorbo

Quizá fuese el blanco y grande frío, o simplemente el saturado y momentáneo deseo de unas voces tan innecesarias como desconocidas. La cuestión es que allí entró; desde el intenso silencio, a aquella silenciosa intensidad entró.

No se sorprendió del palpable cambio. Era ése un gesto cotidiano asimilado por los filtros grises que, en su indolencia, aceptan los patrones ya asumidos auto validándolos en el imponderable y mismo instante. Sólo se acomodó entero a los perfiles de las nuevas texturas, al calor hiriente. En un rincón encontró lugar para sus nuevos gestos.

Era curiosa la frontera, pensaba. Apenas una línea imaginaria que torna en un simple instante todo un abigarrado conjunto de convergentes y casi inicuos gestos para que la levedad que nos atrapa mude su mimético rostro en esa continua metamorfosis de encaje con la perceptible realidad.

Desde aquella adquirida atalaya su nuevo rostro le comportaba nuevas habilidades. También era éste un gesto asumido, un gesto que le conducía por nuevas costas cual navegante ensimismado en el quimérico y obsesivo dibujo de sus alejadas e inalcanzables formas. Se le ocurrió pensar que el mismísimo Freud habría experimentado la chorreante lascivia de haber cubierto aquella acotada mesa de muestras repleta de repetitivas sustancias animadas por dudosos permisos en años aprehendidos. ¡Qué tontería!, desvariaba. Con un esfuerzo imperceptible reajustó uno de aquellos filtros y, por inapropiado para el determinista momento, el gesto quedó inundado de tiempo.

Alguien, en pródigo gesto invasivo hacia su piel, apremiaba un intercambio de coloreadas cuentas por uno de aquellos brebajes. Sí, en aquel lugar de la noche se intercambiaban cuentas por conjuradas pócimas convertibles en atropelladas e interinas risas, tal era la magia que allí se dispensaba. Una de aquellas risas, en el acto de reclamar su esencia, se posó a su lado gravitando rebosante de inmediatez, giró con exacerbada y contorsionista gala, y en su propia y mortal espiral, se consumió.

En su bolsillo, inquietas, se movían las palpitantes cuentas. Otro cotidiano gesto y el sorbo dorado reposaba lento, tibio y transparente ante él, como una piel que su lejana memoria por un sublime instante le regalaba. Se asomó al borde del frágil precipicio. Aspiró la vaharada con texturas a promesa incipiente y, como quien constata la realidad, miró con vehemencia las calmadas aguas de aquel profundo mar. Sí. Allí, como juguetones peces en la tarde ida, allí estaban sus viejas sonrisas. Una más se unió a ellas.

Acomodándose nuevamente al intenso silencio salió al frío grande. El baile de negociables risas contorsionistas quedaba atrás, ajeno a un sereno brebaje intacto sobre la barra.

10 diciembre, 2013 Posted by | De Texturas Inmediatas | , , , , , , | 3 comentarios

Teseo o el Mar

Inexorablemente cada día golpean. Con el inefable tesón de su condición de huidas, contra su inerme roca se estrellan; arrancan trozos de alma y devoran la voluntad que otrora pareciese inquebrantable. Las olas que se marchan cada día le hieren.

En tiempos de la memoria Poseidón le otorgó la vida. La vida de contornos cotidianos, de colores y aires que son, que existen, porque sus sentidos derrochaban latidos cuando esos contornos eran un fuego incontenible nacido de las más profundas simas del mar. Teseo siempre lo supo. En aquellos días tripuló con insaciable gozo el osado Argos, y su sonrisa desafiaba tiempos, dioses y cielos. Ni el feroz Sinis ni el hermoso Procuste pudieron borrar aquellos desafiantes gestos, aquella deslumbrante mirada de blancos y marinos reflejos rebosante. Siquiera la mágica Elefsina del Gran Adriano consiguió detener sus huellas. En aquellos días era el hijo de un dios mayor, y ante sus pasos temblaba el destino, se deshacía la levedad y los horizontes se construían de la espuma más brillante y viva que jamás haya mostrado el mar. En aquello días, antes del Minotauro, Teseo tenía vida, era el hijo de un dios.

El Minotauro, el Minotauro y su Laberinto. Recuerda ese instante en el que su vida pendía del generoso hilo, del hilo de sus sueños. Y fueron tenaces, tan tenaces como insuficientes sabe ahora.

En realidad fue ese Minotauro del Laberinto que le habitaba el que le condujo, quien con magia de palabras trenzadas urdió sus pasos y afianzó sus huellas. Ninguna Ariadna estuvo allí en el mediodía henchido de una Creta perpetuada en intrincadas calles de costumbres por un sol de siglos endurecidas. Con la poderosa maza de Perifetes allí golpeó una y otra vez su Minotauro, llenando de muerte, vaciando de vida, demoliendo el Laberinto.

Y como en la leve y perdida Mysea, tras las aplastantes calles arruinadas, sólo el mar confundido a sus ojos como el cálido refugio de un sueño en magia de palabras trenzado. Huye en quiméricos pasos sobre la estela de ese recio hilo. Huye, y el Egeo no consigue lavar el polvo que atenaza sus manos, la niebla que coagula sus ojos. Huye en vano del cursar en los relojes del viejo e imbatible Hades. Huye de tanta destrucción sólo para alcanzar otras ruinas, sólo para hacer propia a una ajada Atenas doblegada por el tiempo.

Allí aún reina. Sobre el acantilado de sus restos, envuelto en los negros y olvidados velámenes ahora vacíos de viento, contempla Teseo un horizonte ya borrado. A esa hora en que la espuma se viste de plata siempre recuerda que un día de un tiempo medido en veces, cuando los latidos eran, se arrojó en brazos de las aguas para siempre dormir sus profundidades. A esa hora grande de luna, como cada día de su memoria, con inquebrantable voluntad se enfrenta Teseo a su eterna elección: o las desoladas calles de Atenas… o el sueño del Mar. Es tan fácil eso, tanto en eso… Teseo ninguna noche duda.

Moraleja:
Debe tener cuidado el osado caminante, pues tomar aquello que las huellas nos descubren es libre ejercicio, pero recibir de lo tomado comporta una voluntad ajena a nuestras manos. Y como en una marina ola, aquello que con su inusitado brillo nos alcanza y colma nuestros sentidos, al retirarse, en la levedad de su condición de huida, sólo dolorosas gotas deje en nuestra mirada.

Aunque quizá podría ser más extraordinario dejar que se quiebre la endurecida heredad. No podremos preguntarle al poderoso Teseo, hace ya tiempo duerme los sueños del mar.

“Llueve en el Mar
Al Mar lo que es del Mar
y que se seque la heredad”

Octavio Paz


20 junio, 2013 Posted by | Los Cuentos del Mar | , , , , , , , , , , , , | 8 comentarios

Un pequeño cuartito

Se cuenta que en un remoto y deshabitado lugar, vivía un hombre que un día descubrió una grieta en su corazón. Nuestro preocupado amigo no sabía cómo podía haberle ocurrido algo así, a él, que hacía tiempo se había olvidado de tan inútil órgano dado su incierto uso. Acostumbrado a prescindir de él, pensaba que tanto calor y luz allí adentro no podía ser cosa buena, algo se lo decía desde sus recuerdos, y que debía encontrar una rápida solución para resolver aquel extraño inconveniente.

Nuestro hombre gustaba de entretener sus artes manuales con cualquier asunto que le consumiese los tiempos. Así pues, con todo su empeño, armado de sus artes y de los escasos materiales que en tan remoto lugar consiguió reunir, a esa tarea se encomendó. Recomponer su maltrecho corazón.

Lo primero era el análisis de situación, así que al corazón se dirigió, y no sin cierto temor tras sus prolongados tiempos de ausencia de aquellos espacios. Cuando entró en él, se encontró en una estancia olvidada, apenas una vaguedad de la memoria, pequeña, como un destartalado cuartito, pensó. La luz entraba sin permiso y sin perdón, revelando la escasez de acomodo y las grises capas de tiempo acumulado. Lo primero, se dijo, reparar esta grieta, tanta luz hace daño.

Con el problema ya algo más claro, la primera urgencia eran los materiales necesarios para realizar la tarea. Así, buscó y rebuscó entre sus pobres haberes hasta que poco a poco fue reuniendo todo lo que consideró adecuado para su importante obra. Entre aquellas cosas de sus días encontró un colmado saco de tristeza, un buen balde a rebosar de lágrimas, algunas pasiones que aún sobrevivían en su propio calor, una pequeña cajita de ilusiones y esperanzas y, sobre todo, mucho dolor. Pensó que aquello era más que suficiente para acometer su proyecto.

Con el colmado saco de tristeza y parte del balde de lágrimas elaboró tan espesa argamasa que hasta él quedó sorprendido de la solidez conseguida, de cómo aquella masa se agarraba a las paredes de la maltrecha carne impidiendo la entrada de la hiriente luz. No obstante, nuestro hombre, que era persona precavida y gustaba de resolver bien sus asuntos, decidió que sería acertado reforzar todas las paredes desde el interior, no fuese que aquello de la grieta se repitiese. Con el fuego de sus pasiones abrasó la ya oscura pared, que gris y dura quedó, como la piedra que sin duda en el futuro debería ser. No contento aún, después varias capas de duro dolor le dio para impermeabilizarlo y garantizar un duradero acabado, y todo el que sobró lo guardó por si el tiempo reclamaba algún nuevo apaño. Para acabar, y pensando que quizás quedaría bien algún matiz de ligero color, con las lágrimas restantes y la cajita de ilusiones y esperanzas una pintura fabricó, diluida y escasa, y que apenas le llegó, tanta era la sed que parecía tener aquella piedra.

El resultado fue asombroso. Al menos eso pensaba nuestro hombre, que orgulloso de su labor se preguntaba si no merecería la pena decorar un poco aquella pequeña estancia, quizá hasta pudiese utilizarla en días por venir.

Volvió a buscar entre sus enseres, quizá pudiese reaprovechar alguna de aquellas cosas que atesoraba. Conforme iba separando algunas de ellas, una sonrisa se dibujaba en su rostro, no sabemos si por la memoria que alimentaban aquellos objetos o por la satisfacción de encontrarles de nuevo utilidad. Esta vez eligió una buena caja de besos y suaves caricias sin usar, un puñadito de deseos, su álbum de miradas, un diario de coloridas palabras, algo de sólida ingenuidad, una telita de calidez, y montones de amor. ¿De dónde habría salido tanto amor?, se preguntaba. Ya casi se disponía a continuar su trabajo cuando encontró algo insólito, un pequeñito trozo de alegría. ¿De dónde habría salido?, no lo recordaba.

Con todas estas cosas se decidió primero por fabricar un cómodo silloncito, para ello la caja de besos y suaves caricias sería ideal. Lo pondría en el rinconcito del fondo que parecía el más cálido, y añadiría un ramillete de deseos para que resultase más acogedor, su rinconcito de sueños. Era una pena que los deseos estuviesen cerrados, nunca habían florecido. Quizá si los regaba con alguna de las lágrimas que aún sobraban puede que alguno abriese. Sí, quizás después probaría. ¿Cómo será la flor de un deseo? ¿Azul? A nuestro hombre siempre le había gustado el azul.

Acto seguido, desarmó el álbum de miradas conseguidas y conformó un mosaico con ellas, hasta la última, y con el trocito de alegría lo pulió una y otra vez hasta que el trocito se agotó. El resultado fue un extraordinario espejo de color miel que colgó en la pared frente a la puerta. Se extrañó, pues en algo parecía se había equivocado, el espejo lo reflejaba todo menos a él, ¿por qué? Pensó que más tarde debería repararlo, aunque no sabía cómo.

Animado por los resultados, tejió una tupida alfombra con todas las palabras de su diario. Blancas, rojas, azules y verdes, ninguna de ellas era negra. Muchas tenía y todas las empleó para que resultase acogedora. El resultado le emocionó, pues cuando en ella se dejaba caer, alguna de esas palabras, las más libres y leves, se soltaban en una suerte de suaves notas que se colgaban del aire. Tras colocarla a los pies del silloncito, y para alegrar el rinconcito, hizo una pequeña lámpara de dorada y tenue luz alimentada con amor, para las noches. Pensó que con tanto amor como le sobraba no tendría problema, seguro duraría más que el propio sol.

Y así llegó a su obra más preciada, de sólida ingenuidad el cuerpo, la telita de calidez en su interior y con algunas lágrimas sobrantes para guarnecerlo, un joyerito, pequeño pero hermoso, pensó. Dentro guardó sus cosas más preciadas, las que siempre llevaba en sus bolsillos. Un joyerito sin joyas pero lleno de tesoros. Se le escapó otra sonrisa.

Y así, añadiendo aquí y allá algún verso de algún tiempo, unas canciones prendidas en la memoria, una guitarra que había perdido la voz, sus libros para el rincón de ensueño y hasta lápiz y papel de algodón, nuestro hombre dio por concluida la tarea, su corazón ya estaba reparado. Y hasta tenía un nuevo uso, un espacio sólo para él, su pequeño cuartito lo llamó, un lugar para vivir.

Cuando un caminante vaga por aquellos lugares remotos y deshabitados nada encuentra, ninguna señal de nuestro hombre, lo que siempre ha arrojado serias dudas en relación a la veracidad de esta historia. Sin embargo, cuentan los viejos del lugar que hay algunos de esos caminantes que al pasar la noche al abrigo de una roca gris, creyeron sentir, más que oír, unas notas sostenidas en el aire que parecían venir del interior de la roca. Pero al comprobar la roca en la mañana vieron que era sólo eso, una sólida roca gris.


Moraleja:

Más allá de su valor literario, dudoso en este caso, es obligación de todo cuento que se precie, dejarnos una moraleja. La de éste es imprecisa sin embargo, y sólo el lector podrá adivinarla buscando en sus enseres, en sus tesoros más preciados. Quizá así, el propio lector hasta pueda aventurar una nueva forma del cuento, e incluso aportar datos en relación a la veracidad del mismo.

23 marzo, 2013 Posted by | De Texturas Inmediatas | , , , , , , , , , , , , , , , , | 18 comentarios

Zobeida (Las ciudades invisibles)

Hacia allí, después de seis días y seis noches, el hombre llega a Zobeida, ciudad blanca, bien expuesta a la luna, con calles que giran sobre sí mismas como un ovillo.

Esto se cuenta de su fundación: hombres de naciones diversas tuvieron un sueño igual, vieron una mujer que corría de noche por una ciudad desconocida, la vieron de espaldas, con el pelo largo, y estaba desnuda. Soñaron que la seguían. A fuerza de vueltas todos la perdieron. Tras el sueño, se pusieron a buscar esa ciudad; la ciudad, nunca la encontraron, pero se encontraron unos a otros; decidieron construir una ciudad como la del sueño. Para trazar las calles, cada uno siguió el curso de la persecución; en el punto en que habían perdido la pista de la fugitiva, dispusieron espacios y muros diferentes a los del sueño, para que ella no pudiera escapar de nuevo.

Esta fue la ciudad de Zobeida donde se establecieron esperando que una noche se repitiese aquella escena. Ninguno de ellos, ni en el sueño ni en la vigilia, vio nunca más a la mujer. Las calles de la ciudad eran aquellas por las que iban al trabajo todos los días, sin ninguna relación ya con la persecución soñada. Que por lo demás estaba olvidada hacía tiempo.

Nuevos hombres llegaron de otros piases, que habían tenido un sueño como el de ellos, y en la ciudad de Zobeida reconocían algo de las calles del sueño, y cambiaban de lugar galerías y escaleras para que se parecieran más al camino de la mujer perseguida y para que en el punto donde había desaparecido no le quedara modo de escapar.

Los que habían llegado primero no entendían qué era lo que atraía a esa gente a Zobeida, a esa fea ciudad, a esa trampa.

Italo Calvino (Las ciudades invisibles)

20 septiembre, 2012 Posted by | De Texturas Inmediatas | , , , , , , , , , , , | 20 comentarios

Cincuenta palabras…


La sinrazón de la razón

Su razón la retenía, nada la movía, aunque no vivía. Llegó sin avisar, latido grande, redondo, sol inmenso reventando el pecho. Le buscó en lugares de antes… nada encontró.

Un día recibió una cajita, exacta, pobre, pequeña. Dentro, un ramillete de recuerdos… y los grises sueños rotos… donde él murió.



Autoinvitación a El Reto de Marga… aunque reconozco que yo necesitaría alguna más.

24 agosto, 2012 Posted by | De Texturas Inmediatas | , , , , , , , , , | 35 comentarios

El jardinero – Cuento 1


El servidor: ¡Oh, Reina, ten piedad de tu servidor!

La Reina: Terminó ya la asamblea, y todos mis servidores se han ido. ¿Por qué vienes tan tarde?

El servidor: Mi hora llega cuando la de los demás ha pasado. Dime qué trabajo ordenas al último de tus servidores.

La Reina: ¿Qué puedo ordenarte, si es tan tarde?

El servidor: Hazme jardinero de tu jardín.

La Reina: ¿Qué locura es ésta?

El servidor: Renunciaré a cualquier otra tarea, abandonaré al polvo mis lanzas y mis espadas. No me envíes a lejanas cortes. No me pidas nuevas conquistas: hazme jardinero de tu jardín.

La Reina: ¿Y en qué consistirá tu servicio?

El servidor: En llenar tus ocios. Conservaré fresca la hierba del sendero por donde vas cada mañana y donde, a cada paso tuyo, las flores deseosas de morir bendicen el pie que las pisa. Te meceré entre las ramas del septaparna mientras la luna, apenas levantada en la noche, intentará besar tu vestido a través de las hojas. Llenaré con aceite perfumado la lámpara que arde junto a tu lecho y adornaré tu escabel con maravillosas pinturas de azafrán y sándalo.

La Reina: ¿Y cuál será tu recompensa?

El servidor: Que me des permiso para tener entre mis manos tus pequeños puños, que parecen capullos de loto, y para rodear tus brazos con cadenas de flores; que pueda teñir las plantas de tus pies con el zumo encarnado de los pétalos de ashoka, y recoger, con un beso, la mota de polvo que pueda posarse en ellos.

La Reina: Tus ruegos han sido escuchados. Serás el jardinero de mi jardín.

Rabindranath Tagore
(El jardinero)


“Rojo en el pecho
Las estrellas se duermen
El Sueño ríe”

26 junio, 2012 Posted by | Suavidades del Alma | , , , , , , | 14 comentarios

Prometeo y el fuego

Había acertado a caerle sobre las manos, entre sus manos. Allí, acunada en el rudo espacio cóncavo, la pequeña estrella latía con un fuego extraordinario mientras Prometeo se preguntaba cómo aquel tesoro podía haberle elegido a él, qué magia tan intensa poseía ese ángel blanco para que su sangre se desbocase en vertiginosas espirales de vida.

Prometeo no lo sabía, pero había nacido titán, eterno enemigo de los distantes dioses y receptor de grandes poderes. Prometeo no lo sabía. Prometeo se sentía mortal, siempre encadenado a los muros de sus más enraizadas convicciones.

Fuese porque los orgullosos y distantes dioses considerasen que en nada le correspondía tal tesoro, o fuese tal vez simplemente porque sintieron una mezquina e incontenible envidia al verle elevarse en sueños que ellos mismos no habían experimentado nunca y nunca experimentarían… fuese por una causa o fuese por otra, decidieron esos dioses arrebatarle aquel tesoro, sembrar las distancias del tiempo inmisericorde, someterle a un cruel castigo. Y así, encadenáronle a las frías montañas del Cáucaso, donde el sol es sólo vago espejismo en la memoria, donde el tiempo hiere con esquirlas de hielo que se esconden en la misma carne, donde hasta la sombra más osada y fiel abandona a su dueño.

Las artes de Hefesto allí lo clavaron a la dura roca por tiempos insondables. Y si la noche era eterna y fría, la mañana era aún más cruel y aterradora, pues ordenó el mismo Zeus que con la fuga de la última estrella, la más brillante, la que aún mantenía un rescoldo en el alma de Prometeo, la que le recordaba aquel fuego que una vez habitó entre sus manos… con la fuga de esa estrella, las poderosas águilas de aquellas inhóspitas y solitarias cumbres le devorasen el alma.

Bien sabía Zeus de la condición inmortal de los titanes. Bien sabía Zeus que tras ese horror, el alma volvería a regenerarse devolviendo al infeliz Prometeo a otra noche de oscuridad, a otro día de pavor, al continuo y terrible frío.

Pero los dioses nunca han confiado en los titanes, nunca han llegado a interesarse por ellos, a conocer las extraordinarias virtudes y poderes que los habitan. Entre esos poderes, casi siempre enterrados por las texturas más inmediatas, olvidados, imperceptibles para ellos mismos, entre esos poderes se encuentra la esperanza que alimenta los latidos, la tenacidad que alimenta los sueños.

Fue así que Prometeo soportó por incontables tiempos el cruel castigo, hasta que un día las cadenas de Hefesto fueron insuficientes para contenerle y quedó liberado. Aun con calzado de miedos y escaso equipaje de ilusiones, poderoso se sintió Prometeo aquel día. Y desde entonces, como viento pleno de esperanza, como flecha lanzada por el mismísimo Orión, recorre veloz Prometeo los cielos del tiempo buscando, sabiendo que si aquella increíble estrella una vez se posó en él, si una vez el extraordinario fuego habitó sus manos, no hay dios alguno que pueda evitar que ocurra una segunda vez. Porque él, Prometeo, es un titán, porque en él, para siempre, habitará un extraordinario fuego.

Moraleja:
Es obligación del apasionado lector, del caminante de palabras, buscar entre sus enseres la moraleja que todo cuento arroja. Mira tú, caminante, ¿cuál es tu calzado?, ¿cuál el contenido de tu equipaje?, ¿cuál el fuego que habita el cuenco de tus manos?

Arde el tiempo fantasma:
arde el ayer, el hoy se quema y el mañana.
Todo lo que soñé dura un minuto
y es un minuto todo lo vivido.
Pero no importan siglos o minutos:
también el tiempo de la estrella es tiempo,
gota de sangre o fuego: parpadeo.

Octavio Paz


18 mayo, 2012 Posted by | Los Cuentos del Mar | , , , , , , , , , , , , , | 16 comentarios

Phaethon o la noche

No puede verlo, no puede sentirlo ni vivirlo, Phaethon ya perdió los dones que la luz otorga a la piel; Phaethon muere en una noche interminable.

Otrora fue uno de los hijos del sol, un espíritu inquieto, lleno del vigor que sólo la luz del sol, sólo el vivir de día, puede brindar. No era extraño en aquellos días verlo susurrar y acariciar a las nubes por el simple deleite de crear mil arcoíris que su amigo Cicno llenaba de plumas de cisne arrancadas de sus propias alas. Aquellas plumas, animadas por el poder de Phaethon, se tornaban en un ejército de mariposas que adornaban las ramas de sus alisadas hermanas mientras bailaban al son de la suave brisa.

En aquellos días el cielo era azul, y los alisos verdes y las mariposas doradas, y el mundo era hermoso a la vista de los hombres, y Phaethon brillaba de felicidad casi tanto como su padre el sol.

Ocurrió un día que Phaethon, incansable en sus sueños de luz, quiso volar más alto que las nubes y quiso ordenar los caminos que su padre estableciese para el poderoso fanal dorado. Tan alto voló que al fin alcanzó las riendas del ardiente carro celeste, y tan seguro estaba de sus artes que ordenó los caminos a su antojo, y el carro que dirigía la luz del día nuevos rumbos tomó.

Pero Phaethon era joven, el ímpetu de su espíritu estaba lleno de día y la noche apenas se dibujaba en su imaginación como lejana pesadilla. Así fue que, tentado por mostrar su felicidad al mundo, a veces volaba bajo, y parte de ese mundo quedó abrasado por el intenso fuego. Cuando Phaethon intentaba controlar aquellas riendas trenzadas de antigüedad, ocurría que demasiado alto volaba, y el calor se perdía en la distancia dejando al mundo cubierto por una capa de blanca y suave nostalgia que todo lo marchitaba.

Grande fue el enfado de Helios, quien desde los albores del mundo había mimado la luz y el calor sobre la tierra para que la vida fuese el día, para que se viviese de día. Había quedado esa tierra plagada de heridas que sangraban los erráticos vuelos del hijo; desiertos inmensos donde ni la más leve brizna de verde hierba crecía; eternos y silenciosos hielos que nunca podrían ser derretidos; hermanos que la piel distanció entre las diversas tonalidades que surgen de la más poderosa luz y la más intensa de las sombras.

Exigieron los dioses un castigo para Phaethon, y dura fue la penitencia que Helios debió imponerle. Fue Phaethon condenado a alejarse de la luz del sol, a vivir la intensa sombra de la noche hasta que las heridas de la tierra desapareciesen.

Pero ocurre que los dioses son de memoria leve, y sus esfuerzos por curar las heridas del mundo caen frecuentemente en el olvido. Fuese por eso, o porque el mundo se acostumbró a sus heridas, o simplemente porque los dioses hace tiempo se olvidaron de los hombres, Pheathon sigue aún hoy vagando su castigo.

Hay quien dice que si se busca en las orillas más oscuras de la noche puede vérsele caminando sobre las huellas de la luna, la eterna elipse que conduce al día. Pero esa puerta está vedada para Phaethon hasta que los dioses regresen algún día. A veces, agitado por su voraz pena, atraviesa veloz el corazón de Orión, o se sienta junto a Andrómeda a vaciar sus lágrimas que aún siguen siendo de fuego blanco. Otras, siempre solo, vaga los desolados mares de la luna desenterrando los sueños que quedaron allí olvidados.

Phaethon no puede verlo, no puede sentirlo ni vivirlo, Phaethon perdió los dones que la luz a la piel otorga; Phaethon muere en una noche interminable. Solo, se mira en esos sueños rotos, y contempla su rostro ajado de soledad y de silencios. Su mirada muere cada noche en la eterna elipse que conduce a la mañana mientras sus lágrimas gritan su destino, o la noche de Phaethon… o los sueños rotos enterrados en la luna.

Nadie comprende nuestros signos y gestos de largas raíces
Nadie comprende la paloma encerrada en nuestras palabras
Paloma de nube y de noche
De nube en nube y de noche en noche
Esperamos en la puerta el regreso de un suspiro

Vicente Huidobro


1 abril, 2012 Posted by | Los Cuentos del Mar | , , , , , , , , , , , , , , , , | 15 comentarios

Las lágrimas de la luna

En las noches de plateada luz, cuando las hogueras crepitan y las palabras se hacen de aire, cuentan los viejos de aquellas duras tierra que la luna, una vez, tuvo un amor.

En realidad no fue un amor, fue su único y gran amor. Cantan que cuando se abrazaban, en forma de luz se derramaba ese abrazo sobre la tierra, y los mares eran de plata, y los ríos eran de plata, y las jóvenes aguas que bajaban las montañas saltaban felices como diamantes que encerrasen el rostro feliz y brillante de la luna. Cuentan que jamás hubo tiempos más hermosos recorriendo la tierra.

Pero ese gran amor se perdió.


Quedó la luna profundamente desconsolada, solitaria y triste, como hoy la vemos. Y se refugió en la noche. Con sus innumerables lágrimas tejió un manto que le arrancara el frío que vino a habitarle el alma, pero ese frío es tan insondable como el tiempo, y nunca desapareció, más aun, en compañero eterno de su andar se convirtió.

Aconteció entonces que, igual que en los hermosos tiempos la tierra recibía el brillo de aquellos abrazos, también fue fiel receptora de esa tristeza y de su frío. Y las noches se llenaron de un manto blanco de nostalgia sedosa, de quietud infinita. Tal era la pena reinante que por todos los rincones los amores se marchitaban hambrientos de brillo, del cálido latido de un tiempo desaparecido.

Desesperaban esos amores buscando consuelo a sus pesares, y por alguna razón, o por la sinrazón que sólo el corazón desesperado entiende, volvían sus ojos a la luna, le cantaban sus males y en numerosas lágrimas le envolvían sus deseos. De todos es conocido que de las lágrimas el salado líquido sólo es húmedo residuo, sólo envoltorio, vehículo necesario para que el deseo que con fuego lo habita pueda abandonar el alma. Así, las lágrimas no caen al suelo, ahí sólo se derrama lo que de materia está hecho. Pero lo que inmaterial es, lo inasible y vivo, el fuego, vuela y busca las plateadas manos de la luna, destino que le fue conferido en su urgente creación por el alma desconsolada.

Pero la luna ya va cargada de su propio pesar, arropada por su manto de damas frías, y decidió desde aquel entonces su soledad. También decidió que ese pesar era tan grande que ningún otro podría nunca abrazar. Así, olvidóse de ellos hace tiempo, y desde ese entonces una fría máscara les muestra, la misma cada noche, mientras la otra, la verdadera, en la ilimitada oscuridad fabrica sus propias y amargas lágrimas.

Es por eso que todos los deseos de los amantes se reflejan en la luna, y ninguno de ellos, en su frenético e iluso vuelo, tan triste rostro alcanza. Sólo lo rozan, para quedar en una gota congelados y vagar sin consuelo por el oscuro palio su destino de tristeza. A veces, por algún desconocido y extraño sortilegio, alguno de esos deseos se encuentra con una lágrima que se escapa de la luna. Ocurre pocas veces, pero entonces se convierte en hecho extraordinario, pues alimentada de inusitado fuego, esa lágrima cobra el brillo que una vez fue, y se consume en fugaz línea de luz sobre la tierra.

Crepita la esperanza en las hogueras de la noche. Entre todos los sabios del lugar, hay uno, el más viejo, el de mirada más lejana, uno que cuando ya todos inclinan la cabeza enterrándola en las brumas del desconsuelo, hablándole fijamente a las anaranjadas lenguas del fuego, en apenas un susurro dice:

Viejo.- Luna, luna… Ayer te vi, y la luz de la mañana ya avanzaba mientras mi alargada sombra la perseguía. ¿En qué andabas a esa hora en que el día lucía su temprano latido? ¿Será tal vez que hasta tú sientes la luz de la esperanza?

Sabias son las palabras de ese viejo ausente, que en sus días también hondo amor vivió. Y digo sabias porque es cierto que algunos extraños días puede verse a la luna sin su frío manto constelado recorriendo las sendas de la mañana. Y es porque su gran amor no es otro que el sol, y aún lo sigue siendo. Y en esas sendas, en un algo dormido en el frío que la habita, aún espera, tímida. Casi transparente, ella espera. Y sus brazos, por un imperceptible instante, vuelven a unirse, a derramarse sobre la tierra como esperanza renacida a esa hora temprana del alba.

Sigue hablando ese viejo desde su memoria alargada, saca de ella lo que también una vez fue. Bien sabe él que ése es el instante, que en ese rostro transparente y diluido la fría careta se esfuma y que ella ríe como ayer. Y en ese instante, si un deseo se acerca a sus plateados brazos ella lo acoge como a un desvalido infante en un abrazo de cálida luz. Son esos los deseos que nunca se apagan, los que están vivos y le dan su verdadero brillo a la luna, los que se alimentan de la luz del sol y habitan en ella. Y es por eso que a pesar de su pena y de la oscura noche la luna brilla, y vive de los tiempos en que el amor aún puede ser.

La noche avanza con su frío estrellado. El fuego se consume en sus últimas caricias verticales y todos se preparan para dormir evitando los falsos ojos de la luna. Nuestro viejo sabio, siempre la mirada en otros días, se pone en pie iniciando el camino a un mundo de memoria arraigada.

Moraleja:
Si valor le das a tus deseos, no busques en la noche, busca que descansen en los brazos de una mirada brillante en la temprana mañana.

27 febrero, 2012 Posted by | Los Cuentos del Mar | , , , , , , , , , , , , , | 20 comentarios

Ícaro o los sueños

Lentas pasean sus manos sobre el pequeño cofre de madera. Saborean cada beta oscurecida de cansancio, cada grieta de tiempo ido; leen los restos de memoria que se adivinan en aquellos mil inconmensurables tesoros que un día reposaron en sus entrañas.

Mientras, el palio de damas errantes se derrama. Pero noche y día, oscuridad o luz, ya no viven en su conciencia, quedaron desterradas tiempo atrás. ¿Cuándo?, Ícaro no lo recuerda, apenas son vaga ilusión oculta entre alas rotas de las mariposas muertas que habitan sus parpados. Ya casi no recuerda aquellos días en los que Dédalo convertía la nobleza de venerables árboles en joyas que recorrerían el mundo y el tiempo, y él, con jóvenes manos carentes de destreza y henchidas de fuego, se afanaba en una cajita que a buen seguro el futuro amable y amplio llenaría de tesoros. En esos días sus manos se endurecían de pino, abeto y cedro, y su mirada ardía de sueños.

Ahora todo aquel orgullo se esparce a sus pies convertido en serrín, en las astillas que silencian los pasos mientras los días se persiguen iguales acompañados por el sordo y persistente ruido del tiempo inasible. Ícaro ya no quiere soñar. El gran Minos encadenó sus sueños, los encerró entre los graves muros del laberinto de la vida. Allí murieron. Teseo podría haberlos salvado, le debía casi un corazón, pero nunca volvió con su brújula de deseos; conjuró sus días en los ojos de Ariadna y enterró el heroísmo en soleadas tardes de domingos. No, Teseo nunca volvió, nunca volverá.

Cada mañana… ¿o es cada noche?… Ícaro no lo sabe… tampoco le importa. Sólo le importa recoger las plumas enterradas entre los escombros que las afiladas olas van dejando, el regalo del mar. Siempre ha amado el mar. De allí, en tiempos acortados, le llegaban trozos de madera que albergaban increíbles tesoros en su interior. Mimaba, acariciaba con el alma, cada uno de esos trozos, y la vida vivía en ellos, y la vida le penetraba la piel, y así la vida le llegaba del mar. Ahora, como fantasma errante sin mirada, vacío de latidos, con matemático gesto recoge una a una las plumas marchitas, oscurecidas de alquitrán y olvido, y las va guardando en su cajita, tiempo tras tiempo. Ícaro ya no sueña, pero en su memoria aún habita alguna traza de sus habilidades de antaño, del manual pragmático que, cual senda recta y exacta, guiaba sus manos. Aún en esa profunda memoria un pequeño fuego, apenas una diminuta llamita, alimenta y hace vivir una persistente idea.

Se derrama el manto de damas errantes, y sus ojos caminan esas betas de madera, esas venas de sangre, tan cansadas ambas, tan viejas. Una lágrima despierta y se aventura desde lo más profundo de su ser, ascendiendo desde las oscuras cuevas del tiempo, aferrándose con uñas y dientes, desgarrando los conductos del alma, lenta, muy lenta, hasta encaramarse triunfal a la mirada. Y en la joven y tersa superficie de esa lágrima brilla la idea, el centro, aquello que es, que siempre fue… unas alas compañeras de la brisa del mar, el sueño de Ícaro, el Mar de Ícaro.

Recogeremos albas infinitas,
las que duermen al astro en la palmera,
las que prenden el trino en las alondras
y levantan el sueño de las selvas

¡Hay tanto mar nadando en mis estrellas!

Julia de Burgos

9 febrero, 2012 Posted by | Los Cuentos del Mar | , , , , , , , , , | 8 comentarios