Sendas en el Margen

Un lugar de palabras…

Teseo o el Mar

Inexorablemente cada día golpean. Con el inefable tesón de su condición de huidas, contra su inerme roca se estrellan; arrancan trozos de alma y devoran la voluntad que otrora pareciese inquebrantable. Las olas que se marchan cada día le hieren.

En tiempos de la memoria Poseidón le otorgó la vida. La vida de contornos cotidianos, de colores y aires que son, que existen, porque sus sentidos derrochaban latidos cuando esos contornos eran un fuego incontenible nacido de las más profundas simas del mar. Teseo siempre lo supo. En aquellos días tripuló con insaciable gozo el osado Argos, y su sonrisa desafiaba tiempos, dioses y cielos. Ni el feroz Sinis ni el hermoso Procuste pudieron borrar aquellos desafiantes gestos, aquella deslumbrante mirada de blancos y marinos reflejos rebosante. Siquiera la mágica Elefsina del Gran Adriano consiguió detener sus huellas. En aquellos días era el hijo de un dios mayor, y ante sus pasos temblaba el destino, se deshacía la levedad y los horizontes se construían de la espuma más brillante y viva que jamás haya mostrado el mar. En aquello días, antes del Minotauro, Teseo tenía vida, era el hijo de un dios.

El Minotauro, el Minotauro y su Laberinto. Recuerda ese instante en el que su vida pendía del generoso hilo, del hilo de sus sueños. Y fueron tenaces, tan tenaces como insuficientes sabe ahora.

En realidad fue ese Minotauro del Laberinto que le habitaba el que le condujo, quien con magia de palabras trenzadas urdió sus pasos y afianzó sus huellas. Ninguna Ariadna estuvo allí en el mediodía henchido de una Creta perpetuada en intrincadas calles de costumbres por un sol de siglos endurecidas. Con la poderosa maza de Perifetes allí golpeó una y otra vez su Minotauro, llenando de muerte, vaciando de vida, demoliendo el Laberinto.

Y como en la leve y perdida Mysea, tras las aplastantes calles arruinadas, sólo el mar confundido a sus ojos como el cálido refugio de un sueño en magia de palabras trenzado. Huye en quiméricos pasos sobre la estela de ese recio hilo. Huye, y el Egeo no consigue lavar el polvo que atenaza sus manos, la niebla que coagula sus ojos. Huye en vano del cursar en los relojes del viejo e imbatible Hades. Huye de tanta destrucción sólo para alcanzar otras ruinas, sólo para hacer propia a una ajada Atenas doblegada por el tiempo.

Allí aún reina. Sobre el acantilado de sus restos, envuelto en los negros y olvidados velámenes ahora vacíos de viento, contempla Teseo un horizonte ya borrado. A esa hora en que la espuma se viste de plata siempre recuerda que un día de un tiempo medido en veces, cuando los latidos eran, se arrojó en brazos de las aguas para siempre dormir sus profundidades. A esa hora grande de luna, como cada día de su memoria, con inquebrantable voluntad se enfrenta Teseo a su eterna elección: o las desoladas calles de Atenas… o el sueño del Mar. Es tan fácil eso, tanto en eso… Teseo ninguna noche duda.

Moraleja:
Debe tener cuidado el osado caminante, pues tomar aquello que las huellas nos descubren es libre ejercicio, pero recibir de lo tomado comporta una voluntad ajena a nuestras manos. Y como en una marina ola, aquello que con su inusitado brillo nos alcanza y colma nuestros sentidos, al retirarse, en la levedad de su condición de huida, sólo dolorosas gotas deje en nuestra mirada.

Aunque quizá podría ser más extraordinario dejar que se quiebre la endurecida heredad. No podremos preguntarle al poderoso Teseo, hace ya tiempo duerme los sueños del mar.

“Llueve en el Mar
Al Mar lo que es del Mar
y que se seque la heredad”

Octavio Paz


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20 junio, 2013 Posted by | Los Cuentos del Mar | , , , , , , , , , , , , | 8 comentarios

Zobeida (Las ciudades invisibles)

Hacia allí, después de seis días y seis noches, el hombre llega a Zobeida, ciudad blanca, bien expuesta a la luna, con calles que giran sobre sí mismas como un ovillo.

Esto se cuenta de su fundación: hombres de naciones diversas tuvieron un sueño igual, vieron una mujer que corría de noche por una ciudad desconocida, la vieron de espaldas, con el pelo largo, y estaba desnuda. Soñaron que la seguían. A fuerza de vueltas todos la perdieron. Tras el sueño, se pusieron a buscar esa ciudad; la ciudad, nunca la encontraron, pero se encontraron unos a otros; decidieron construir una ciudad como la del sueño. Para trazar las calles, cada uno siguió el curso de la persecución; en el punto en que habían perdido la pista de la fugitiva, dispusieron espacios y muros diferentes a los del sueño, para que ella no pudiera escapar de nuevo.

Esta fue la ciudad de Zobeida donde se establecieron esperando que una noche se repitiese aquella escena. Ninguno de ellos, ni en el sueño ni en la vigilia, vio nunca más a la mujer. Las calles de la ciudad eran aquellas por las que iban al trabajo todos los días, sin ninguna relación ya con la persecución soñada. Que por lo demás estaba olvidada hacía tiempo.

Nuevos hombres llegaron de otros piases, que habían tenido un sueño como el de ellos, y en la ciudad de Zobeida reconocían algo de las calles del sueño, y cambiaban de lugar galerías y escaleras para que se parecieran más al camino de la mujer perseguida y para que en el punto donde había desaparecido no le quedara modo de escapar.

Los que habían llegado primero no entendían qué era lo que atraía a esa gente a Zobeida, a esa fea ciudad, a esa trampa.

Italo Calvino (Las ciudades invisibles)

20 septiembre, 2012 Posted by | De Texturas Inmediatas | , , , , , , , , , , , | 20 comentarios

Una palabra, un verbo


“Sólo había una palabra inmensa y sin revés
Palabra como un sol
Un día se rompió en fragmentos diminutos
Son las palabras del lenguaje que hablamos
Fragmentos que nunca se unirán
Espejos rotos donde el mundo se mira destrozado”


De Fábula
Octavio Paz


7 julio, 2012 Posted by | Poesía Extraordinaria | , , , , , , , , | 5 comentarios

Prometeo y el fuego

Había acertado a caerle sobre las manos, entre sus manos. Allí, acunada en el rudo espacio cóncavo, la pequeña estrella latía con un fuego extraordinario mientras Prometeo se preguntaba cómo aquel tesoro podía haberle elegido a él, qué magia tan intensa poseía ese ángel blanco para que su sangre se desbocase en vertiginosas espirales de vida.

Prometeo no lo sabía, pero había nacido titán, eterno enemigo de los distantes dioses y receptor de grandes poderes. Prometeo no lo sabía. Prometeo se sentía mortal, siempre encadenado a los muros de sus más enraizadas convicciones.

Fuese porque los orgullosos y distantes dioses considerasen que en nada le correspondía tal tesoro, o fuese tal vez simplemente porque sintieron una mezquina e incontenible envidia al verle elevarse en sueños que ellos mismos no habían experimentado nunca y nunca experimentarían… fuese por una causa o fuese por otra, decidieron esos dioses arrebatarle aquel tesoro, sembrar las distancias del tiempo inmisericorde, someterle a un cruel castigo. Y así, encadenáronle a las frías montañas del Cáucaso, donde el sol es sólo vago espejismo en la memoria, donde el tiempo hiere con esquirlas de hielo que se esconden en la misma carne, donde hasta la sombra más osada y fiel abandona a su dueño.

Las artes de Hefesto allí lo clavaron a la dura roca por tiempos insondables. Y si la noche era eterna y fría, la mañana era aún más cruel y aterradora, pues ordenó el mismo Zeus que con la fuga de la última estrella, la más brillante, la que aún mantenía un rescoldo en el alma de Prometeo, la que le recordaba aquel fuego que una vez habitó entre sus manos… con la fuga de esa estrella, las poderosas águilas de aquellas inhóspitas y solitarias cumbres le devorasen el alma.

Bien sabía Zeus de la condición inmortal de los titanes. Bien sabía Zeus que tras ese horror, el alma volvería a regenerarse devolviendo al infeliz Prometeo a otra noche de oscuridad, a otro día de pavor, al continuo y terrible frío.

Pero los dioses nunca han confiado en los titanes, nunca han llegado a interesarse por ellos, a conocer las extraordinarias virtudes y poderes que los habitan. Entre esos poderes, casi siempre enterrados por las texturas más inmediatas, olvidados, imperceptibles para ellos mismos, entre esos poderes se encuentra la esperanza que alimenta los latidos, la tenacidad que alimenta los sueños.

Fue así que Prometeo soportó por incontables tiempos el cruel castigo, hasta que un día las cadenas de Hefesto fueron insuficientes para contenerle y quedó liberado. Aun con calzado de miedos y escaso equipaje de ilusiones, poderoso se sintió Prometeo aquel día. Y desde entonces, como viento pleno de esperanza, como flecha lanzada por el mismísimo Orión, recorre veloz Prometeo los cielos del tiempo buscando, sabiendo que si aquella increíble estrella una vez se posó en él, si una vez el extraordinario fuego habitó sus manos, no hay dios alguno que pueda evitar que ocurra una segunda vez. Porque él, Prometeo, es un titán, porque en él, para siempre, habitará un extraordinario fuego.

Moraleja:
Es obligación del apasionado lector, del caminante de palabras, buscar entre sus enseres la moraleja que todo cuento arroja. Mira tú, caminante, ¿cuál es tu calzado?, ¿cuál el contenido de tu equipaje?, ¿cuál el fuego que habita el cuenco de tus manos?

Arde el tiempo fantasma:
arde el ayer, el hoy se quema y el mañana.
Todo lo que soñé dura un minuto
y es un minuto todo lo vivido.
Pero no importan siglos o minutos:
también el tiempo de la estrella es tiempo,
gota de sangre o fuego: parpadeo.

Octavio Paz


18 mayo, 2012 Posted by | Los Cuentos del Mar | , , , , , , , , , , , , , | 16 comentarios

Silencio


Así como del fondo de la música
brota una nota
que mientras vibra crece y se adelgaza
hasta que en otra música enmudece,
brota del fondo del silencio
otro silencio, aguda torre, espada,
y sube y crece y nos suspende
y mientras sube caen
recuerdos, esperanzas,
las pequeñas mentiras y las grandes,
y queremos gritar y en la garganta
se desvanece el grito:
desembocamos al silencio
en donde los silencios enmudecen.

Octavio Paz


4 abril, 2012 Posted by | Poesía Extraordinaria | , , , , , , , , , , , | 9 comentarios

Día 5, Febrero de 2012

Instantáneas

Si la maltratas, la nieve se oscurece… como el alma
La ciudad vive sola toda la noche, fría y sola… como…
El puente a una catedral es liviano… como el hilo de la palabra
Desayunar con un arpa es latir… como exprimir melodías de una naranja
Una lágrima es una montaña… como el peso de una montaña
Caminar es ir hacia delante… como amar es vivir hacia delante
Soñar es imaginar un camino… como una cálida mirada en la mañana recién nacida… como…
Hace frío, mucho frío… ¿de dónde viene tanto frío? ¿Se irá?

Memoria

…de la suma de instantes en que creces,
del círculo de imágenes del año,
retengo un mes de espumas y de peces,

y bajo cielos líquidos de estaño
tu cuerpo que en la luz abre bahías
al oscuro oleaje de los días…

… te sueño, a esa hora en que el sol es sólo una promesa bajo tus párpados…

Nombras el cielo, niña.
Y las nubes pelean con el viento
y el espacio se vuelve
un transparente campo de batalla.

Nombras el agua, niña.
Y el agua brota, no sé dónde,
brilla en las hojas, habla entre las piedras
y en húmedos vapores nos convierte.

…nombras mi nombre, niña… y una lágrima se apresura a mirarte…

Y siento que a mi lado
no eres tú la que duerme,
sino la niña aquella que fuiste
y que esperaba que durmieras
para volver y conocerme.

¡Oye niña!… ¿aún no sabes lo que por ti mi corazón derrama?…

Al cerrar los ojos
los abro dentro de tus ojos.

(Octavio Paz)


” Recuerda, amor,
bajo el verde palio renovado
un banco espera cada tarde,
adormecido en el secreto susurro
de palabras esculpidas en aire”


5 febrero, 2012 Posted by | Mirando el Mundo | , , , , , , , , , , , , | 11 comentarios

Día 21, Noviembre 2011

Instantáneas

Huellas en el hielo… son de frío
Nube que te mira… se asoma desde el alma, es de frío
Candados en un árbol… traen memoria, traen frío
Un jardín en la mañana de un domingo…. sin tulipanes rojos, sembrado de frío
Matrioskas en un mercadillo… ya no puede mirarse, llenas de frío
El olvido no es una bufanda contra el frío, no es un refugio… no hay refugio

Memoria

Arde el tiempo fantasma:
arde el ayer, el hoy se quema y el mañana.
Todo lo que soñé dura un minuto
y es un minuto todo lo vivido…

Aquel que fui se queda en la ribera.
No me recuerda nunca ni me busca,
no me contempla ni despide…

…los tulipanes rojos sólo son recuerdo en esa fría placita…

No tiene fin el tiempo: finge labios,
minutos, muerte, cielos, finge infiernos,
puertas que dan a nada y nadie cruza.
No hay fin, ni paraíso, ni domingo.
No nos espera Dios al fin de semana.
Duerme, no lo despiertan nuestros gritos.
Sólo el silencio lo despierta.
Cuando se calle todo y ya no canten
la sangre, los relojes, las estrellas,
Dios abrirá los ojos
y al reino de su nada volveremos.

…Porque ya nunca más llegará Abril, sólo quedará ese blanco frío…

(Octavio Paz)


“Quizá podría volar dios con alas de mariposa
y brillar la cortada roca como puerto de mil naves
Pero se conformó dios con un domingo
y los muelles de esa roca quedaron secos…“

21 noviembre, 2011 Posted by | Mirando el Mundo | , , , , , , , | 6 comentarios

De la mañana

Lo que trajo la mañana… unos versos de Paz… y una sonrisa


15 octubre, 2011 Posted by | Poesía Extraordinaria | , , , , , | 6 comentarios

Aquiles o el Odio

Lentas, muy lentas, construyen sus rutas cada noche. Y como cada noche, rodeado del silencio que brota de quebrados huesos, su mirada se pierde en ellas mientras el palio oscuro le devuelve el vago recuerdo de unos dioses ya olvidados. Más que recuerdo es un amargo sabor que se aposenta en la garganta y que ya no desaparece en el ritual de la noche.

Aquiles había aniquilado al sueño, quizá su última gran victoria. No recuerda cuándo y cómo fue, pero sí, sabe que como en todos los combates anteriores, él, el Gran Aquiles, había salido vencedor.

Atrás, muy atrás en su memoria, estaban esos dioses que ya emigraron y que ahora se dibujaban como leves quimeras tímidamente alentadas por el lejano y mortecino fuego de las damas errantes. Sí, recordaba esos tiempos acortados cuando los días no se perseguían y las esperanzas se enraizaban en el monte Pelión, donde el profeta le dio a elegir y su mano se mostró tan recia e invulnerable como su voluntad; cuando Tetis coronaba sus victorias con el enamorado nácar que Poseidón arrancada de los fondos marinos; cuando no tenía que inventar el rostro de Ulises y Antíloco aún no lloraba en su hombro. Todos vanos recuerdos, mezquinas coronas de hojas de triunfo sobre el sueño.

Cada una de esas noches, cuando llegan las viajeras de tímidos brillos, Aquiles comienza el ritual de verter la sangre de Héctor sobre la tumba. La tumba que ya no es la de Patroclo, que ya es su propia tumba, y de la que se levanta su sombra en densos girones de odio. Porque Aquiles, sobretodo, odia. Odia al tiempo que se alarga y lo recluye en el eterno ritual alentado de memoria; odia a los dioses que entre risas y miradas complacientes le engañaron con acertijos y trajines ya resueltos; odia mirar al mundo que se tornó gris porque se apagaron los ojos de Patroclo… odia todo cuanto le rodea. Y más que nada, se odia a sí mismo, con furia, el estafador que asesinó en certeros golpes al tiempo, el miserable que hundió la mortal espada en sus pobres sueños.

Mientras Aquiles odia, la noche, eterna, pasea ajena, sin rozarle, sin ya mirarle, llena de inmisericorde olvido. Salvo ese odio al que se aferra, nada más hay en sus gastadas manos. Pentesilea nunca ya levantará sus ojos en un último signo de admiración mientras su vida se escapa por el desgarrado pecho, y Memnón no será una vez más el ánfora donde vierta las furias que le abrasan. Siquiera tiene el verbo de Patroclo para contener al gemelo que le aterra.

Termina cansado, arrastrado entre las frías y duras piedras, las mismas que amanecieron ayer en sus ojos y que amanecerán dando forma al mañana, las que de tanto rodar por erguidos mares perdieron la forma de los sueños que las habitan. Eso es lo que queda, todo se ha marchado, todo fue vencido, todo, incluso el sueño.

Aunque no todo ha muerto. Cada noche en esa isla, una sombra nace de un ritual de sangre ajena, una sombra que aún puede elegir la tortuosa e inmediata textura de sus grises ropajes… o el quebrado recuerdo del Gran Aquiles… o el odio.

14 octubre, 2011 Posted by | Los Cuentos del Mar | , , , , , | 4 comentarios